Por: Paula A. Grell I. y Constanza A. Hiriart P.
Septiembre de 2004
El británico, Adam Smith, en su libro Teoría Moral de los Sentimientos postula la división de la economía de lo moral, esta separación tiene objetivos distintos. En lo que respecta a lo económico, otorga una nueva modalidad de negociación para el comercio, el que debido al poco desarrollo de las ciencias en los otros países no fue, según nuestra visión, igualitario para todas las partes. Segundo, revela las características de los individuos de ésa época, es decir del siglo XVIII, quienes cuando cometían alguno de los siete pecados capitales, vicios denominados siglos antes por Santo Tomás de Aquino, los incurrían de manera impulsiva. Sin embargo, las virtudes podrían contrarrestar, o ser el antídoto a estas debilidades del hombre.
Smith al instaurar un novedoso método económico de exterior, llamado libre comercio, con el fin de terminar con los obstáculos otorgados por los límites ya sean geográficos, políticos o socioculturales de diversos países, para lograr el libre intercambio de productos, no pensó en lo desventajoso que podría llegar a ser para aquellas naciones con baja adquisición de tecnología, a diferencia de lo que era, a mediados de 1700, Inglaterra.
Fue lo que sucedió en el rubro textil, puesto que el país inglés estaba inserto en una época de desarrollo y progreso, en la que se crearon nuevas herramientas industriales que no necesitaban de mayor intervención humana, como las creadas por John Kay (1733), James Hargreaves (1769), Samuel Crompton (1779), entre otros, las que lograban obtener mayor número de productos, en menos tiempo trabajado por el hombre.
Este escenario de desigualdades se puede observar en lo sucedido con el comercio de productos de algodón, ofrecidos por India e Inglaterra <<>>[1].
En 1831, transcurridas algunas décadas de competencia en el mercado textil, los consumidores favorecieron la calidad, el precio y las terminaciones de las telas, esto se reflejó en que el país europeo fabricó el 63% de tejido de algodón a nivel mundial. [2]
Según lo relatado anteriormente, se puede deducir que el libre comercio que planteó Adam Smith, el que sería protagonizado por diferentes países del mundo, sin importar cuán ricos fuesen, por ende, cuán desventajosa fuese la competencia en la venta de productos, no se pretendió aplicar a países que no pertenecieran a Europa Continental, o a aquellas naciones que no eran del todo libres, esto por los hechos sucedidos posteriormente en la época de imperialismo y luego de colonialismo.
Incluso, volviendo al ejemplo de la competencia en el rubro textil, entre Inglaterra e India, ésta se torna más desventajosa para el país asiático, puesto que al mismo tiempo que peleaban por clientes en el mundo, éste era dominado por su contrincante. <>[3]
Resulta extraño pensar que un sistema económico, con una nueva modalidad de negocios entre distintos países, la que fue desarrollada a partir de la teología protestante deísta, hablase de los vicios del hombre y de las reacciones de la sociedad ante la conducta de aquel individuo, puesto que el deísmo no implica intervención divina, por lo que analizando cómo Smith establece su creación basándose en lo dicho por esta creencia, el ser humano en ningún rol social debería intervenir. Debido a que el hombre en su total libertad puede lograr mayores beneficios, tanto para sí mismo e implícitamente para sus pares, <<>>[4].
No obstante, es coherente si se piensa que Adam Smith, tal como lo señalamos al inicio de este ensayo, separa lo económico de lo moral, lo que significaría que lo moral es independiente de la economía, pero que la economía puede aplicarse con el uso de la moral, esto último se ve aplicado cuando el autor indica que si el gobernador de un respectivo país, usase su sabiduría y sus virtudes en beneficio de la sociedad se lograría un modelo económico óptimo. De lo contrario, si el gobernante tuviese como defecto el uso constante de vicios, o bien si sus intereses son personales, en vez de sociales, la economía de aquel pueblo sería un verdadero desastre.[5]
Con respecto a la moral, Adam Smith observó y reveló en su libro, la esencia del ser humano, tanto las características como individuo, si no también la forma en que éste interactúa en sociedad. Clasificó las buenas y malas acciones que un hombre puede hacer.
Refiriéndose a lo negativo de la conducta de los individuos, Smith explica las acciones viciosas que el hombre en un estado impulsivo comete, es decir, sin hacer un razonamiento previo, <>[6].
Dichos actos maliciosos son las mismas descripciones que se les da a los diferentes pecados capitales, los que fueron otorgados por Santo Tomás de Aquino en su conocida obra Suma Teológica, <<... el vicio capital no es sólo principio de otros, sino también director y, en cierto modo, su remolque: pues siempre el arte o hábito al que pertenece el fin preside e impera respecto de los medios...>>[7], también el dominicano postuló <<...hay siete vicios (o pecados) capitales, que son: vanagloria, envidia, ira, tristeza, avaricia, gula y lujuria.... Los pecados se oponen a las virtudes...>>[8].
Es el caso del relato de un hombre que practica la soberbia y el que Adam Smith introduce en su obra, <>[9]. Tal como lo señala Santo Tomás de Aquino, en la cita anterior también podemos percibir otros vicios pertenecientes a los que son calificados como capitales, estos son avaricia y lujuria.
La debilidad humana que generalmente se asocia a lo sexual o carnal, lujuria, puede referirse a la ambición, <>[10]
Smith reconoce que el hombre tiende a anhelar hacer justicias por sus propias manos, más que por medio de instituciones, esto a causa de lo que produce la ira y la tristeza. <<…si la persona que, por ejemplo, asesinó a nuestro padre o hermano, muriese al poco tiempo de una fiebre, o aún fuese ejecutada a cuenta de algún otro crimen, aunque esto bien pudiera aliviar nuestro odio, no daría plena satisfacción a nuestro resentimiento. El resentimiento nos incitaría a desear, no sólo el castigo, sino que el castigo procediese de nosotros y a cuenta precisamente del agravio que fuimos víctimas >>[11]
Los actos de envidia son ejemplificados en los relatos del autor, sin embargo, estos, en algunos casos, se pueden referir a sentimientos y no sólo al anhelo de cosas materiales ajenas. <<>>[12]
En cuanto a la gula, Adam Smith, señala en su obra, que el ser humano tiene el deseo insaciable de todo lo que la naturaleza le puede otorgar.[13]
Todos los vicios del hombre, tal como lo explica el autor, tienen un antídoto, el que es capaz de contrarrestar los males terrenales. Esta cura tiene los mismos ingredientes que otorga Santo Tomás, es decir, los actos buenos, especialmente las virtudes. <<...es verdad que la virtud consiste en una conformidad con la razón y con mucha justicia puede considerarse a esta facultad en alguna medida, como causa y principio de la aprobación y reprobación, y de todo sano juicio relativo al bien y al mal. Es la razón la que descubre esas reglas generales de justicia según las cuales debemos normar nuestros actos, y por esta misma facultad formamos esas más vagas e indeterminadas ideas de lo que es prudente, de lo que es decoroso, de lo que es generoso y noble, ideas que siempre nos acompañan y a cuya conformidad procuramos modelar, en la medida en que mejor podemos, el tenor de nuestra conducta>>[14]
En conclusión, la división que realiza Adam Smith, lo económico de lo moral, permite conocer las falencias o males y las acciones buenas que el ser humano comete, descartando la perfección como posible característica del hombre.
El reconocimiento de los errores de la humanidad que ofrece el autor, aunque haya sido planteada a partir de las observaciones de un individuo del siglo XVIII, refleja cómo interactúan cada integrante de una sociedad, puesto que es un “padrón” que aún hoy, tres siglos posteriores, podemos identificar en la gente actual.
En cuanto a la economía y al sistema de comercialización que Smith ofrece, nos hace pensar que fue un exitoso modelo para lograr la consumación del progreso europeo, esto, por la desventajosa competencia de ventas de productos que hubo y por la misma palabra “libre” comercio. De forma contraria, habría instaurado una forma distinta de ejercer el intercambio de producción y posteriormente, no habrían existido los intereses de expansión y de dominio que tuvieron las grandes potencias.
[1] Evolución del Pensamiento Económico, Enrique Cantolla Bernal, Editorial Emérica, Santiago de Chile, 1994, pág. 62
[2] Véase en Evolución del Pensamiento Económico, Enrique Cantolla Bernal, Editorial Emérica, Santiago de Chile, 1994, pág. 62
[3] Enciclopedia Hispánica, Editorial Diorki, 1995-1996, volumen 8, pág. 139
[4] Evolución del Pensamiento Económico, Enrique Cantolla Bernal, Editorial Emérica, Santiago de Chile, 1994, pág. 53
[5] Teoría Moral de los Sentimientos, Adam Smith, Editorial Fondo de la Cultura Económica, México, 1941, primera impresión 1979, pág. 123
[6] Teoría Moral de los Sentimientos, Adam Smith, Editorial Fondo de la Cultura Económica, México, 1941, primera impresión 1979, pág. 106 - 107
[7] Suma de Teología, Santo Tomás de Aquino, Tomo I-II, Cuestión 84, Artículo 3, página 654.
[8] Suma de Teología, Santo Tomás de Aquino, Tomo I-II, Cuestión 84, Artículo 4, página 654.
[9] Teoría Moral de los Sentimientos, Adam Smith, Editorial Fondo de la Cultura Económica, México, 1941, primera impresión 1979, pág. 118
[10] Suma de Teología, Santo Tomás de Aquino, Tomo II-II b, Cuestión 153, Artículo 1, página 464.
[11] Teoría Moral de los Sentimientos, Adam Smith, Editorial Fondo de la Cultura Económica, México, 1941, primera impresión 1979, pág. 77
[12] Teoría Moral de los Sentimientos, Adam Smith, Editorial Fondo de la Cultura Económica, México, 1941, primera impresión 1979, pág. 76
[13] Véase en Teoría Moral de los Sentimientos, Adam Smith, Editorial Fondo de la Cultura Económica, México, 1941, primera impresión 1979, pág. 93-95
[14] Teoría Moral de los Sentimientos, Adam Smith, Editorial Fondo de la Cultura Económica, México, 1941, primera impresión 1979, pág.146-147